Las visitas de Keiko Fujimori a Arequipa en sus últimas campañas muestran una relación política cada vez más difícil: de los enfrentamientos de 2016 al juramento democrático de 2021 y a una presencia más cautelosa en 2026, en una región donde el antifujimorismo mantiene peso decisivo.
La reciente llegada de Keiko Fujimori a Arequipa, en la campaña presidencial de 2026, volvió a exhibir una relación política marcada por la tensión, el cálculo y el desgaste. La lideresa de Fuerza Popular llega nuevamente a la región en medio de una segunda vuelta frente a Roberto Sánchez, pero con una historia local adversa: Arequipa ha sido, durante más de una década, una de las plazas donde el fujimorismo encontró mayor resistencia electoral y social.
El antecedente más áspero se remonta a 2016, cuando su arribo al aeropuerto arequipeño derivó en enfrentamientos entre simpatizantes fujimoristas y manifestantes que rechazaban su candidatura. Reportes de la época registraron incidentes en los exteriores del terminal aéreo y la participación de miembros cercanos de Fuerza Popular, entre ellos Joaquín Ramírez, Pier Figari y Ana Herz, en una jornada que reforzó la imagen confrontacional de esa campaña.
Cinco años después, en 2021, Fujimori intentó cambiar el registro. Ya no llegó solo con maquinaria partidaria, sino con un acto cuidadosamente construido: el denominado “Juramento por la democracia”, realizado en Arequipa con la participación de Mario Vargas Llosa y Leopoldo López. La escena buscó moderar el rechazo, ofrecer garantías institucionales y presentar una candidatura menos asociada al autoritarismo; sin embargo, el gesto no consiguió desmontar el profundo antivoto acumulado en el sur.
La campaña de 2026 marca un tercer momento: menos épico, menos masivo y más defensivo. En marzo, durante la primera vuelta, Fujimori llegó de manera sorpresiva a Corire, en Castilla, sin mayor despliegue público y sin que incluso la municipalidad local tuviera conocimiento previo de la actividad. Esa modalidad de campaña, más reservada que abierta, revela el cuidado con el que Fuerza Popular administra su exposición en una región donde cada aparición puede activar rechazo o protesta.
El problema de fondo no es solo la forma de sus visitas, sino la curva electoral. Keiko Fujimori logró en 2016 su mejor desempeño de primera vuelta en Arequipa, con 24 %, pero desde entonces su votación inicial no volvió a superar el 7 %. Incluso Caravelí, considerado durante años su principal bastión regional, redujo su respaldo de 69.9 % en 2016 a 28.07 % en 2021 y 22.4 % en 2026.
La secuencia resume el tránsito de una candidata que antes llegaba a disputar presencia pública y ahora debe medir cada movimiento. En 2011 perdió en el país frente a Ollanta Humala y en Arequipa quedó lejos de una adhesión mayoritaria; en 2016 alcanzó su punto más alto, pero con episodios de confrontación; en 2021 apeló a un acto simbólico de reconciliación democrática; y en 2026 retorna en un escenario donde su pase a segunda vuelta no elimina la desconfianza regional.
Arequipa vuelve a funcionar como un espejo incómodo para el fujimorismo: no solo mide votos, también mide memoria política. La presencia de Keiko Fujimori en la región ya no se lee únicamente como una parada de campaña, sino como una prueba de resistencia ante un electorado que ha reducido su respaldo, mantiene reservas sobre su proyecto y convierte cada visita en un termómetro del verdadero alcance de Fuerza Popular en el sur.
