El sarampión continúa como una amenaza para la salud pública debido a su alta capacidad de transmisión y a la reducción de las coberturas de vacunación en distintos países. La enfermedad, eliminada en Estados Unidos en 2000, registra nuevos brotes vinculados a viajes internacionales y comunidades no vacunadas. La inmunización permanece como la principal medida de prevención disponible actualmente.
El sarampión es una enfermedad viral que se transmite mediante gotículas respiratorias expulsadas al toser o estornudar. Según información médica, hasta el 90 % de las personas sin inmunización que mantienen contacto con un caso positivo pueden contraer la infección.
Los primeros síntomas incluyen fiebre alta, tos persistente, congestión nasal, dolor de garganta, conjuntivitis, sensibilidad a la luz y dolor muscular. Entre uno y dos días antes de la aparición del sarpullido pueden presentarse las manchas de Koplik, pequeños puntos blanquecinos rodeados por un halo rojizo en la mucosa bucal.
La erupción cutánea aparece entre tres y cinco días después de los síntomas iniciales. El sarpullido comienza en el rostro y se extiende progresivamente al tronco y extremidades. Su duración oscila entre cuatro y siete días.
El diagnóstico clínico considera la presencia de fiebre, tos, rinitis, conjuntivitis y exantema maculopapular. La confirmación requiere pruebas de laboratorio, entre ellas la detección de anticuerpos IgM mediante ELISA y la RT-PCR en tiempo real para identificar material genético del virus.
Actualmente no existe un tratamiento antiviral específico. El manejo contempla reposo, hidratación y control de la fiebre. En determinados pacientes, principalmente niños con deficiencias nutricionales, los médicos indican vitamina A para reducir complicaciones como neumonía, otitis media, diarrea o encefalitis. La vacuna triple vírica continúa como la herramienta de prevención más efectiva.
